Nostalgia del oficio…
Miercoles, Mayo 28th, 2008Estudié periodismo simple y llanamente porque el plan de estudios me gustó. Había mucho que leer, mucho que escribir, mucho que aprender —que a la larga ni fue tanto, pero eso qué más da—.
Hoy me hallo en la industria editorial. Sí, hago libros. Más bien, “hago libros”. Posicionarse aquí es más difícil que pegarle al gordo; son muy pocos los lugares y todo es rotación. Que si Random, que si Santillana, que si Planeta, que si el Fondo… en fin.
¿Desencantada? Sí lo estoy, y mucho. A mí, que lo que más me gustaría en el mundo es cuidar ediciones —cada coma, cada acento, cada punto en su lugar—, me entristece muchísimo la forma en la que se subestima a los lectores, y la belleza y el cuidado del texto quedan supeditados a otros factores, mucho más de índole comercial y mercadológico. “¿Qué más da si lo leen o no? Lo que importa es vender”.
Nunca he sido una persona pesimista. Todo lo contrario. Por ahí me han dicho que mi entusiasmo es inextinguible. Pero sí, sí se extingue. A veces lo importante no es seguir nadando, sino deternos a ver cuántas posibilidades reales hay de llegar a la otra orilla. Hoy creo que las pasiones son nuestras, y que mientras uno para sí las mantenga vivas, lo demás no importa. Viviré de las letras toda mi vida, aunque no precisamente de la industria editorial.
Y gracias a una de esas vicisitudes “afortunadas” (que sí lo fue, pero no lo suficiente como para quitar las comillas) cae en mis manos este libro, que debo leer, sobre el cual debo externar una opinión:
Y me invade la nostalgia. Y recuerdo la carrera, y a todos aquellos compañeros que juraban y perjuraban que su máximo sueño en la vida era convertirse en corresponsales de guerra —van a disculparme, pero sigo sin creerles, jajaja—. Y me viene entonces a la mente toda la pasión de aquellos que genuinamente estudian periodismo por convicción. De aquellos capaces de entregarle a una redacción su vida entera. De aquellos que prefieren morirse oliendo a tinta que vivir en mejores condiciones. De los periodistas esos que parecen de película pero que están entre nosotros.
Y en este libro se retoman las trayectorias de estos periodistas que la realidad importó de la ficción. Desfilan en el libro Truman Capote, el padre de la novela periodística —¿cómo olvidar A sangre fría?—; Ryszard Kapuscinski, el mejor periodista de todos los tiempos —luego de haberlo leído, ¿quién es capaz de olvidar aquello de que Los cínicos no sirven para este oficio?—; Bob Woodward y Carl Bernstein, sin lugar a dudas los periodistas más famosos del mundo —¿quién es tan buen investigador como para hacer dimitir a su presidente sólo valiéndose de sus hallazgos?—; Günter Wallraff, el mejor impostor de la historia periodística —y su Cabeza de turco—; y Gabriel García Márquez, entre otros.
Y pfff. Claro que me invade una nostalgia tremenda. ¿Y si me atreviera a ser periodista? ¿Qué no para eso estudié? ¿Y si dejara para la posteridad reportajes, crónicas y entrevistas romanceadas, en vez de este humildísimo blog que se nutre de pura ficción? ¿Y si reconociera que no es aversión, sino miedo, lo que me genera el periodismo?
Alguna vez les dije que para escribir hay que ser valientes. Hoy creo que para ser periodista se requiere mucho más que valor. Tantos periodistas que van por ahí como superhéroes anónimos, cuya mayor satisfacción —y en la mayoría de los casos, la única— es fungir como el intermediario entre el mundo y quienes lo habitan.
“Realmente no se ven las cosas muy claras si todo está en calma. Sólo en tiempos de convulsiones, conflictos, tensiones, la situación se esclarece. Y puede verse entonces el mecanismo histórico. Y puede verse entonces el mecanismo de la historia. Lo que a mí me interesa es el quehacer histórico. Y el quehacer histórico es un proceso trágico y doloroso. Mi tema es la tragedia de la historia […] Lo único que vale la pena es escribir. Todo lo que no sea escribir, o prepararse para escribir… es… Lo que pasa es que ninguna otra actividad me hace más feliz…”
+R. Kapuscinski+
Traigamos un poco de aquello para lo que me formé a este blog. Seguramente me faltan agallas para ser lo que soy. Pero me sobran ganas de escribir al respecto.


